20 de Mayo

Insights

Pablo Riedemann

8 min

Dos años en dos meses

Marzo y abril del 2020 fueron meses extraños. Globalmente confinados a nuestras casas, intentando distanciarnos para resistir al contagio del Coronavirus sin duda implica un cambio drástico en la forma en que vivimos.

Un sin fin de compañías está viendo cómo hacer para resistir a esta nueva realidad. Descuentos, despidos y ayudas del gobierno se leen en las noticias prácticamente todos los días. Pero no todas las compañías.

Incluso en este entorno hay compañías que intentan solucionar otro tipo de problemas, como los de falta de capacidad ante un alza en la demanda, por ejemplo. No me refiero a los productores de alcohol gel, sino que a las compañías encargadas de trasladar el mundo físico en el que vivimos hacia uno digital que se le compare.

El siguiente ejemplo deja en evidencia lo poco que han sufrido los líderes en tecnología:


Además, varios de los cambios de estos últimos meses llegaron para quedarse dejando de lado la amenaza del virus y su efecto en el distanciamiento social, los cambios estructurales que se implementaron tendrán efectos en el mediano y largo plazo.

Un gran problema de la digitalización masiva ha sido la falta de infraestructura. Ya no estamos consumiendo datos en lugares comunes, sino que cada uno lo hace desde su hogar. Para enfrentar esta situación, los proveedores de internet (las compañías de Telecomunicaciones), han tenido que invertir para mejorar la capacidad de sus redes (en EEUU, Europa o Chile). El efecto de esta inversión puede ser gigantesco.

¿No me creen? Sólo debemos volver unos 10 años para la última gran ola de inversión en infraestructura comunicacional, que correspondió a la implementación global del 4G en el año 2010 aproximadamente. Si nos adelantamos un par de años, esta nueva capacidad de transmisión de datos permitió que compañías como Facebook, Twitter o Netflix escalaran sus operaciones a nivel global, y permitan que al día de hoy podamos consumir videos, series y películas en alta definición en nuestros hogares.

Lo mismo se esperaba que ocurriera con el 5G, pero hasta el 2019, exceptuando algunos países en Asia, la infraestructura instalada en el resto del mundo estaba muy lejos de lo necesario para que funcionara como se esperaba. Se decía que estábamos un par de años por detrás de Corea o China, pero nadie suponía que esos años se podían transformar en meses.